Hambre | Federico Ivanier

Siguió comiendo aunque quería parar. Porque su mente se hastiaba mucho antes que su cuerpo. Solo que no era el cerebro quien mandaba en esos momentos. Era el hambre. El hambre que él odiaba tanto. Cuando terminó, se sintió renovado, vital y asqueado. Antes de darse cuenta, lloraba porque odiaba matar. Odiaba matar, aunque para comer siempre hay que matar.