Una brisa de campo en la ciudad | Alva Sueiras

Como cabe imaginar, tenemos una lista de pendientes. Restaurantes que ronronean a nuestro alrededor, cuyos aromas nos llegan a través de otros. De a poquito, vamos saldando cuentas aplazadas, pero es una lista tramposa, desalojas un debe y entran otros dos. No se acaba nunca, indicador de que el pulso gastronómico de la ciudad, no se detiene.

Finalmente fuimos a Jacinto, ese coqueto y reconocido restaurante en la peatonal Sarandí, que junto a Sin Pretensiones y Estrecho, entre otros destacados, aporta valor gastronómico a la propuesta culinaria de la Ciudad Vieja. Si tuviera que definir Jacinto con una sola palabra, sin duda escogería frescura. Frescura en la propuesta, frescura en el ambiente, frescura en los platos y frescura en su amable atención. Una frescura que se percibe nada más pisar el suelo damado y se corrobora, cuando las primeras delicias llegan a la mesa. 

Los panes merecen una mención especial. Sabrosos, frescos, aireados, variados, crocantes y en resumidas cuentas, deliciosos. Una fresquísima focaccia con tomates cherry, un pan de semillas y frutos secos, otro de campo y unos deliciosos crackers. Todo ello acompañado de un paté de remolacha para aguardar la llegada de los platos.

La carta propone una generosa variedad de ensaladas originales, de ingredientes sabiamente combinados y aderezados, con productos de primera calidad. En la misma sintonía, le sigue una propuesta de tostadas y chiabattas artesanales. Los platos principales están conformados por una variedad de carnes y pastas más ese imprescindible pescado, tan abandonado en estas tierras. Si bien el surtido de postres caseros es más que apetecible, el cuerpo en esta ocasión, no dio para llegar a la meta con todas las etapas cumplidas. Pedimos una ensalada de burrata artesanal con rúcula, berenjenas grilladas, tomate, orégano fresco y avellanas tostadas; una chiabatta de ojo de bife, pickle de cebolla morada, mostaza antigua, rúcula y tomates; y unos tagliatelle con camarones, hinojos y tomates, perejil, limón y chile frito. El silencio y nuestro gesto hablaba por si mismo. Nos conquistaron. Para colmo de bienes, el restaurante cuenta con una propuesta de aguas saborizadas: lima, menta, limón y jengibre; pomelo y tomillo; y naranja y romero (una delicia).

El lugar tiene gran encanto y se respira un ambiente acogedor, como de andar por casa. Los amplios muros de ladrillo visto culminan en un magnífico techo abovedado. Cuenta con tres espacios diferenciados, dos salones con mesitas de hierro y madera y madera y mármol, decoradas con un bouquet de margaritas frescas, amplios ventanales y cierto ambiente silvestre, una suerte de brisa de campo en la ciudad. Grandes columnas de hierro presiden la estancia, que se completa con una entreplanta que ofrece un tercer ambiente.

Lucía Soria, chef y propietaria del restaurante, propone continuar la experiencia gourmet en casa, a través de panes artesanales, sal marina, aceite de oliva virgen uruguayo o su propia línea de enlozados, todos productos a la venta. Dada la calidad de la propuesta, no nos extrañaría ver a Soria entre el, hasta la fecha, misterioso elenco seleccionado para tripular el barco de Master Chef en Uruguay.