Una calle en penumbra | Miguel Barrero

Quizá sea por ese encanto decadente que no es exactamente el de un lugar cualquiera de provincia, sino el de una gran ciudad venida a menos, o por la escasa ampulosidad que decora su grandeza. Muchas noches la recorrí entera sólo por el placer de sentir el frío del invierno azotándome en la cara mientras descendía de vuelta a casa, y otros tantos días caminé por ella sin que hubiera motivo, sencillamente porque me apetecía repasar sus edificios uno a uno, desde la vieja almoneda que se abría ante el palacio de Monterrey hasta la iglesia de San Benito, arrinconada en un recoveco inverosímil.