Fármaco con olor a vid | Miguel Barrero

¿Podrá España olvidar algún día a Franco? Es difícil, como difícil es que olviden en Alemania a Hitler, en Italia a Mussolini, en Rusia a Stalin, en Cuba a Fidel o en el Cono Sur a Videla y Pinochet. Todos ellos condicionaron de tal modo el devenir de sus naciones que su huella permanecerá indeleble en las páginas de la Historia.

Última noche en Madrid | Jorge Bafico

Habíamos hecho casi todo lo que nos habíamos propuesto, desde conocer su oferta culinaria como el pulpo, las croquetas de bacalao, las tapas en sus diferentes versiones, el cocido madrileño, los bocadillos de calamares, los huevos estrellados o los churros con chocolate de la Chocolatería San Ginés. Tampoco se nos escaparon sus museos, mucho menos el inmenso Guernica.

Aponiente: el sabor del futuro | Alva Sueiras

Es difícil describir un restaurante que ofrece platos para el hombre del año tres mil. La cocina de Ángel León encuentra su alacena en el misterioso origen de la vida: el mar, y con maestría alquimista, desafía las leyes de la metafísica para confeccionar platos que saben a futuro. Faltaría a mi verdad si definiera los platos de Aponiente como deliciosos. Los platos de Ángel zambullen al comensal en nuevos estratos de sabor donde lo sorprendente cohabita con lo estimulante, lo original y lo desconocido, en un resultado tan brillante que parece de otro planeta.

Un lugar de La Mancha | José Antonio Flores

Siempre conservamos en la mente los lugares literarios e históricos, sabedores de que son pocas las ocasiones en las que la realidad coincide con la imaginación. Sin embargo, en muy raras ocasiones lo imaginado con la lectura se presenta ante los ojos en la realidad. En pocas ocasiones ocurre esto, pero cuando ocurre la satisfacción es infinita.

Una calle en penumbra | Miguel Barrero

Quizá sea por ese encanto decadente que no es exactamente el de un lugar cualquiera de provincia, sino el de una gran ciudad venida a menos, o por la escasa ampulosidad que decora su grandeza. Muchas noches la recorrí entera sólo por el placer de sentir el frío del invierno azotándome en la cara mientras descendía de vuelta a casa, y otros tantos días caminé por ella sin que hubiera motivo, sencillamente porque me apetecía repasar sus edificios uno a uno, desde la vieja almoneda que se abría ante el palacio de Monterrey hasta la iglesia de San Benito, arrinconada en un recoveco inverosímil.