Don Juan Bautista Pedernal

Cartas y pluma

“Un mes sucede a otro; los años van pasando; en invierno las montañas vecinas se tornan blancas; en verano el vivo resplandor del sol llena las plazas y callejas; las rosas de los rosales se abren fragantes en la primavera; caen lentas, amarillas las hojas del otoño…”

Don Juan Bautista Pedernal levantó la vista del texto por un instante y luego adelantó algunas páginas a la lectura.

“Todas la horas de todos los días son lo mismo; todos los días, a las mismas horas pasan las mismas cosas.”

Quedó pensativo; la mirada fija en el libro pero perdida en pensamientos que se entrelazaban con recuerdos. Las imágenes, los sonidos y los ruidos, los olores y los aromas, los sentimientos, las palabras dichas, los gestos mudos, los lugares que parecían olvidados fueron cayendo suavemente sobre las hojas amarillentas del libro de Azorín, como las piezas sueltas de un rompecabezas de momentos, fragmentos, ideas.

José Martínez Ruiz, Azorín, era uno de los autores que don Bautista regresaba a leer cada tanto. Este libro en particular se lo había regalado su amigo, español y poeta, Enrique Henríquez, en una cálida reunión de amigos y vecinos realizada en ocasión de su retiro laboral. Don Juan Bautista Pedernal se jubilaba luego de haber ejercido como maestro y más tarde Director de la Escuela Nº 1 de 2º grado, José Pedro Varela, allá en Piedras de Molle.

Durante largos años, viviendo en la tranquilidad sin prisa de aquel pueblo en el interior del Uruguay, había ido ahorrando dinero porque decía que “nada mejor que cambiar de aires cuando uno se jubila” y también que “uno merece conocer de cerca lo que siempre ha leído en los libros”, tanto como que “es saludable ver otros paisajes, conocer otra gente”. Y así lo hizo. En la despedida que le hicieran en la Confitería “Molles de Oro”, situada frente a la plaza, casi enfrente de la Iglesia de “Nuestra Señora Agradecida”, aquel verano anunció, luego de hacer tintinear con unos delicados y rápidos toques de una cucharilla en el cristal de la copa levantada, que uno de sus sueños se iba a cumplir: viajaría a España próximamente. Hubo aplausos, exclamaciones, lagrimeos que terminaron en abrazos para don Bautista, “el mejor Director que ha tenido nuestra Escuela”, “usted lo merece don Bautista”, “cómo lo vamos a extrañar el año próximo”… En realidad había sido el único Director que había tenido la escuela de Piedras de Molle desde su apertura y se había ganado a través de los años el respeto de alumnos, padres y vecinos.

– Voy a extrañar nuestras polémicas, don Bautista – le dijo al estrechar su mano el cura párroco, Monseñor Ambrosio Delgado Pinares. – Usted es un agnóstico incorregible y yo un hombre de fe.
– Y que soy un colorado terco también, le faltó decir – agregó don Bautista con una risa profunda, suave y amigable
– ¡Ahora voy a tener más tiempo para polemizar con usted, Monseñor! ¡No se trata de “abandonar los hábitos”!

Ambos rieron y se unieron en el abrazo sincero entre dos contendientes en la fe y en la política.

Don Juan Bautista Pedernal era un hombre robusto, de temperamento y físico enérgico que acompañaba con una voz firme, sin titubeos, siempre en tonos de discurso ardiente, así fuera a organizar los desfiles escolares como al volcar sus opiniones en la tribuna política local. Habitualmente vestía de traje, impecable, con chaleco, corbata y pañuelo apenas asomado al bolsillo superior del saco. En invierno usaba un sobretodo negro, amplio y largo, que acentuaba su aspecto de hombre fuerte y decidido. Y su inclinación política, claramente.

– Se nos va un referente para los jóvenes – dijo en un discurso pretendidamente improvisado, y que había preparado a conciencia, don Enrique Rufino Henríquez, poeta y hombre de letras afincado desde… quién sabe cuándo, en Piedras de Molle, en la mencionada reunión en la Confitería Canale, como todo el pueblo la conocía y llamaba, en lugar de “Confitería Molles de Oro” como rezaba el cartel sobre la puerta de entrada al local.
– Un hombre de carácter y saber a quien la Patria y nuestro pequeño pero
grande pueblo de Piedras de Molle, debe la formidable misión cumplida de formar a los chiquillos de hoy, que mañana serán hombres y mujeres de bien, honrados y trabajadores.
Hubo aplausos de la concurrencia.
– Un hombre de la cultura, en su expresión más cabal, que ha dejado plasmados
sus ideales, su pensamiento de avanzada y su buen criterio, en sendos artículos periodísticos en nuestro diario local, “Hora de Molle”, editorializando de forma brillante acerca de la vida cívica y ciudadana de nuestra República.
Más aplausos
Don Enrique Henríquez, amaba pronunciar discursos aunque nunca lo admitiera así. Las Fiestas Patrias eran una oportunidad excelente, así como algunos festejos locales en los que los organizadores sabían que podían, que debían en realidad, contar con su encendidas palabras.

Pues bien, don Juan Bautista Pedernal, se alejaba de su trabajo como Director de la Escuela de Molle, como columnista en el diario local “Hora de Molle” y como jefe político de la zona y adyacencias.

En una larga mesa armada en el salón de fiestas de la Confitería se ubicaban las personas más relevantes para la sociedad del pueblo. Don Bautista Pedernal estaba sentado al medio y a un lado don Enrique Rufino Henríquez y su señora, Carmiña Ogaz. Del otro, Monseñor Ambrosio Delgado Pinares y a su lado el Jefe local de la Policía, Comisario Amavilio Sosa, también con su esposa, doña Consuelo Míguez y la hija mayor de ambos, la señorita María del Huerto que había sido alumna de don Bautista y estudiaba para maestra en la capital del departamento. Allí se sentaron también otras personas importantes como el Dr. Cancela, respetado médico, el Dr. Armando Quijada, dentista del lugar y su tío, el venerable Entero Quijada, dueño de la barbería y peluquería. No faltaron a la cita el propietario y director de “Hora de Molle”, don Hilario Bastida y el joven periodista Américo Fernández que sacó algunas fotos que revelaría él mismo y próximamente ilustrarían una nota en el diario bajo el seudónimo de “Centinela”. Nadie supo nunca para qué el

seudónimo cuando todo el pueblo sabía su nombre, ocupación, domicilio, estado civil… En fin, cosas de periodista.
En otra mesa se encontraron los estancieros don Conrado Céspedes y don Oribe Garmendia, dueños respectivamente de la estancia “Bajos del Molle” y la “Garmendia”. Los acompañaban sus esposas y María Juanita Garmendia, hija de don Oribe. Sentado y silencioso, pálido y quieto, Raymundo Garrillaga, sobrino criado por Juanita y nieto de los Garmendia – Pelayo, completaba el grupo.

No faltó el lugar para Manuel “el Lolo” Martínez y su esposa, Dulce Margarita Mañana de Martínez, en una mesa compartida con López y Lespera, dueños ambos de la funeraria del pueblo y el joven Ernesto López, “Lopecito”, como era conocido el hijo de López padre. De López padre no eran muchos los que sabían su nombre de pila y es que Don López, como todos le decían, lo ocultaba muy bien. Detestaba su nombre de pila. Sucede a veces que los nombres de las personas parecen una burla del destino. López se llamaba Último Aparecido. Así le habían puesto sus padres al octavo hijo aunque después naciera el noveno y este sí, último de los hermanos. Llamarse Último Aparecido y tener una empresa de pompas fúnebres no era fácil de llevar. Por su parte, a Amado Cayetano Lespera, su socio, todos los conocían por don Cayetano. Sobran las explicaciones.
En otra mesa conversaban animadamente las maestras de la escuela y había varias con vecinos del pueblo.
¿Familiares de don Bautista? No. Algunos vivían en Montevideo y otros en Buenos Aires. Ya le harían otra fiesta.

Piedras de Molle era un pueblo generoso y de gente amable que se tomaba su tiempo para todo, especialmente cuando se trataba de agasajar los paladares con delicias gastronómicas. Exquisitas tortas de bizcochuelo con dulce de leche, delicadezas lugareñas como los bombones de zanahoria y chocolate, los canapés de flores de zapallo con un toque de pimienta rosada de los molles nativos, los bocaditos de boniato con merengue quemado, las copas de helado de crema casera con jalea de miel de molle, los vinos y licores artesanales de arazá, dulce de leche, guayaba. Los platos coloreaban y aromatizaban el recuerdo de aquel salón bullicioso en un atardecer que caía en azules y grillos contrastando con el interior de la confitería, dorado de luz y conversaciones.

– Irá a visitar a mi patria natal, don Bautista – dijo con ese dejo español en su acento, jamás perdido con los años y conservado orgullosamente, don Enrique Henríquez.
– Es así, don Enrique. Me voy a navegar por el Atlántico sin apuro. A disfrutar del
sol, de las cenas y los vinos en el salón comedor del barco, y del “dolce far niente”, don Enrique. A pasear por España y conseguirle algún libro que quiera que le traiga u otra colonia de la “Álvarez Gómez” que a usted le gusta tanto.
– Le voy a extrañar un poco, aunque no se lo diga a nadie porque pueden pensar que me estoy poniendo sentimental, que…
– ¡Somos amigos, don Enrique! Somos amigos de toda la vida. Ni Unamuno, ni el sentido último de la existencia podrán poner fin a nuestra amistad.
– Tiene razón, Bautista, tiene razón.

Ambos se rieron. Recordaban, tal vez, todas las discusiones en torno a temas filosóficos que quedaban inconclusas y vueltas a comenzar una y otra vez.

– ¡Qué linda despedida escribió en el diario, Maestro!

Quien así hablaba era María Juanita Garmendia Pelayo, hija de don Oribe Garmendia, dueño de la Estancia Garmendia de cría de lanares. Había quedado viuda muy joven y estaba criando a su sobrino, Raymundo Garrillaga Garmendia que ese año había terminado sexto año y llevado, para orgullo de la familia, la Bandera Nacional en el acto de clausura de cursos de la Escuela Nº 1, de la que don Bautista fuera Director hasta ese momento.

– Disculpe don Enrique.
– Atienda, Bautista. Hoy todos quieren saludarlo.
Don Bautista se dio vuelta para mirar a Juanita.
– ¡Juanita! ¿Cómo está? Gracias, por acompañarnos.
– Usted merece, Maestro. ¡Cómo lo vamos a extrañar!
– Los años pasan y hay que dejar paso a los más jóvenes. Ya vendrán ideas innovadoras para las escuelas y sangre nueva para la política. No he sabido si de Montevideo vendrá alguien a cubrir el cargo de Director. Solo pasé por la Inspección de Primaria para ver por mi papeleo jubilatorio. Pero quédese tranquila, tenemos muy buenos maestros. La señorita de Souza, Emilia, de sexto año se hará cargo muy bien de la Dirección, en todo caso. Es excelente.
– Gracias por todo, don Bautista. Raymundo lo quiere mucho. Le tiene mucho
respeto. Ahora va un tiempo con el papá que vive en Montevideo y después al Liceo de acá. Montevideo es un poco peligroso para un nene tan chico.
– Usted ha hecho un buen trabajo, Juanita. El niño se ha criado bien en salud y en educación, que es lo más importante. Le irá bien en la vida.
– Si Dios quiere, don Bautista; si Dios quiere.
Don Bautista Pedernal respondió con una sonrisa. Él estaba convencido de que hay cosas en las que Dios no interviene.

Un suave crujido en las tablas del piso lo hizo despertar del rompecabezas de recuerdos y la mirada volvió a la lectura, en otra página señalada con un marcador de cuero.

“La vida de una pequeña ciudad tiene su ritmo acompasado y monótono. Todos los días, a las mismas horas ocurre lo mismo. Si habéis pasado vuestra niñez y vuestra adolescencia en el tráfago y bullicio, mal os acomodaréis de la existencia uniforme, gris, de una vieja casa en una vieja ciudad.”

– ¿Qué lees, Bautista?
– “Castilla”.
– Lees y relees a Azorín y este en particular. Que lo has de saber que de memoria, casi – dijo sonriendo doña Luisa
– Es el ejemplar que me regaló y dedicó mi viejo y querido amigo don Enrique la
última vez que lo vi, allá en Piedras de Molle. El poeta, Henríquez. Parece que hiciera siglos de aquello.
Cerró las páginas y miró la dedicatoria en la portadilla del libro, de puño y letra del poeta, escrita con tinta azul, caligrafía refinada y formas equilibradas; la firma clara, legible y armoniosa.

En una pequeña salita con ventana a la calle Rivadavia en Buenos Aires, estaban don Juan Bautista Pedernal y doña Luisa Álvara Santillán de Pedernal, su señora. Sí, su esposa. Es que durante el viaje a España, don Bautista había conocido a esta encantadora mujer madura y habían entablado amistad que luego se transformaría en una relación más profunda. Se unieron en matrimonio en Madrid, de donde era oriunda doña Luisa, viuda del Coronel Castellanos, abatido en un infortunado episodio bélico. Una linda reunión de bodas con un íntimo grupo de familiares, un tiempo de estancia en España y más tarde, cuando parecía más seguro y tranquilo vivir en América, regresaron. Vivieron un tiempo en Montevideo pero se mudaron definitivamente a Buenos Aires en donde don Bautista también tenía familia y doña Luisa algunos antiguos amigos.

– Te escucho con ese dejo español tan lindo y veo una hermosa madrileña – que conocí cruzando los mares-, con esos ojos negros llenos de “fulgores de inteligencia y malicia…”
– Te digo, Bautista “Azorín”, que será mejor que dejes de releer “Castilla” o vas a perder la cabeza como don Quijote.
– ¿Cómo sabías que estaba citando a Azorín?
– No lo sabía. Intuición de mujer – dijo con picardía seductora doña Luisa

Doña Luisa abandonó la habitación y Bautista se dirigió a una lustrosa biblioteca
de madera para colocar el libro. Al hacerlo vio en uno de los estantes, la caja en las que guardaba ciertas cartas. Un montoncito de ellas estaba sujeto por una fina cinta roja. No, no eran cartas de amor, de su amor por Luisa. Eran cartas venidas de Piedras de Molle. Las recordaba bien. Monseñor Ambrosio Delgado informaba en una del quiebre de salud de su amigo, el poeta Henríquez, en otra lo tenía al tanto de las novedades del pueblo, una más le avisaba de la inauguración del nuevo “Teatro Garmendia” y aquella, cruzada por una franja negra en una esquina del sobre, le notificaba con dolor la desaparición física de Enrique Rufino Henríquez. Había correspondencia de Juanita Garmendia contando de su tristeza porque su sobrino Raymundo no había vuelto al pueblo y otras misivas, manuscritas y dobladas prolijamente, del grupo de maestras de la escuela del pueblo.

Don Juan Bautista Pedernal cerró las puertas de vidrio de la biblioteca. Allí, entre aquellos libros quedaban el Maestro Director, el periodista y el político. Desde hacía algunos años su vida había cambiado. Ahora era un hombre hogareño que disfrutaba de ir al teatro, al cine y de pasear por las calles de una gran ciudad en la grata y cálida compañía de doña Luisa.
– ¿Vamos? – preguntó Luisa
– Vamos – respondió Bautista
– ¡Hala! No vayamos a llegar tarde al concierto.

En la sala repleta del Teatro Colón de Buenos Aires la orquesta había recibido calurosos aplausos al terminar la primera parte. Ahora entraba un joven pianista. Se hizo silencio, bajaron las luces hasta dejar solo iluminado al ejecutante. La música en el piano comenzó suavemente. Sonaron los primeros acordes del “Nocturno en do sostenido menor” de Federico Chopin y por alguna razón, tal vez la emotividad de la música, su dulzura, por momentos un tanto melancólica, llevó a Bautista a entrecerrar lo ojos y por unos instantes

regresar nuevamente a su viejo pueblo de Piedras de Molle: la Escuela, su salón de Director, la vieja máquina de escribir, la Plaza, la Confitería Canale, los viajes en tren desde la capital del departamento hasta Montevideo, el calor abrasador de los veranos en Molle, a Monseñor Ambrosio, a su amigo Enrique, el poeta y su estampa. Nuevamente los recuerdos, pequeñas piezas de la memoria.
Luego de un tiempo de haber partido, Don Bautista supo, lo sintió de alguna manera, que no volvería a Piedras de Molle. Aquella corazonada se hizo certeza al conocer la muerte de su amigo de letras y café; ya no volvería a encontrarse con don Enrique Henríquez. Cómo podría asistir a ninguna inauguración, ni fiesta patria, ni conmemoración sin los floridos discursos del poeta de Molle. Imposible.

Finalizó el “Nocturno”, sonaron fuerte los aplausos y todas las luminarias resplandecieron en el Teatro Colón. Luisa aplaudía con entusiasmo y Bautista hizo lo propio. Mientras tanto allá, lejos, cruzando el Río de la Plata, campo adentro, en Piedras de Molle, la nocturnidad transcurría lentamente en el profundo, oscuro y tranquilo silencio del sueño pueblerino.

 

Este relato pertenece a la saga Piedras de Molle de la escritora, docente y Magíster en eduación, Graciela Balparda. Los relatos anteriores los encuentran en la Cocina de Cuentos de Delicatessen.uy o en el blog de la autora. La fotografía es de Daniel Stonek