Notre Dame incendio

¡Ardió París! | Raúl Ronzoni

A escasa distancia de dónde me había instalado una pareja de veteranos lloraba. “¡Oh, mon dieu est horrible!”, se lamentaba la mujer mientras buscaba consuelo sobre el hombro de su esposo. El hombre, más explícito, furioso e impotente, maldecía: “¡Merde! ¡Merde!”. A su lado varias adolescentes tomadas de la mano expresan su dolor. Tanto que ni siquiera miran las pantallas de sus celulares. Un dolor sin edad. Notre Dame integra el ADN de todos los franceses desde que su nacimiento. A mi izquierda un grupo de turistas japoneses rompe la sobriedad de su raza y se abrazan conmovidos. Agoté mis lágrimas. No tenía a nadie a mi lado para consolarme. Me apoyé en el nutrido grupo de dolientes que fue aumentado progresivamente hasta que en la noche del martes 16 eran miles.