El televisor | Antonio Pippo

Ya se estaba jugando plata fuerte, a unos y otros colores. Le bastó mirar al Chueco Medina, con los bolsillos hinchados de billetes, y más allá al Drogao Gamboa, tomando apuntes y escupiendo la punta del lápiz como si levantara quiniela. Advirtió que el Cholo, el entrenador, reclamaba a gritos su presencia: allá estaba el viejo, en la puerta del vestuario viejo, que siempre era para el visitante, moviendo los brazos y voceando su nombre. Claro, si sólo faltaba él, nada menos que el zaguero derecho, el hombre fuerte, el veterano, el capitán.