El señor de la calle sin sombra | Mariana Sosa Azapian

Para llegar a su casa, uno tenía que atravesar una calle corta pero sin un árbol que diera sombra. Pasabas por el boliche, donde muchas noches él descargaba su pasión por el juego, acompañado por alguna bebida de mala calidad. Lo cierto es que, el camino inyectado de sol, valía la pena para conversar de bueyes perdidos, de los trofeos ganados en el billar y de su infancia en el campo.