Un oriental en el desierto (2) | Joaquín DHoldan

Diluvió cinco minutos y antes de que me pusiera a cubierto ya se había despejado, y el Sirocco, el viento visible, me había secado hasta las lágrimas. La realidad es el mayor de los espejismos. Algunas dunas rozan los doscientos metros. “Son casi tan altas como el Cerro”, le dije al conductor. Iba a explicarle las características geográficas de mi barrio en Montevideo cuando nos interceptó una patrulla del ejército Polisario. Nos iban a escoltar el resto del viaje.