El patio | Antonio Pippo

Ella pensó, en apenas unos segundos, muchísimas cosas. Tantas, pero tantas que no las pudo apretar en una idea, ni siquiera en un sentimiento fuerte. Supo, sí, que era el final. Cuando se volvió, el hombre de la cama ya no podía ver nada. Tenía los párpados bajos, la boca entreabierta en una suerte de sonrisa triste y respiraba con agitación. Algo de él, de todos modos, había emergido libre y flotaba hacia alguna parte. Quizás a la búsqueda de un patio.