Spasiva | Roberto Bennett

Llegué a Sochi, en la llamada Riviera del Mar Negro, a fines del mes de enero de 1998; enviado por el PNUD para realizar un estudio de cara a la reconversión turística de la zona. Dicha misión obedecía a un pedido de la Duma o parlamento ruso, que perseguía el objetivo de presentar su candidatura a los Juegos Olímpicos de Invierno 2014.

Las autoridades locales me recogieron de un viejo aeródromo (hoy abandonado) y me hospedaron en el hotel Caucas, por aquel entonces el único cuatro estrellas de la ciudad. Me presentaron al director del establecimiento, un joven ruso que hablaba perfecto inglés y me asignaron un intérprete, que dominaba el español porque había vivido seis años en Cuba. Pero me aclararon que este solo trabajaría durante mis visitas a los lugares preestablecidos, debido a la falta de recursos económicos del Ayuntamiento de Sochi. El resto del tiempo, estaría solo. La misión duraría un mes y como no hablo ruso, rápidamente concluí que de alguna forma me iba a tener que esforzar para comunicarme con la gente. Y así fue.

Mi primera sorpresa surgió nomás llegar, cuando el director del hotel me informó que al día siguiente él se iba de vacaciones por un mes y medio. Y que en aquel establecimiento nadie hablaba otro idioma que no fuese ruso o georgiano, debido a la proximidad geográfica con esa república caucásica. Por dicho motivo, el director tuvo la gentileza de llamar al chef para que yo pudiese pedirle algunos platos de mi preferencia, mientras él oficiaba de traductor. Además agregó que el hotel, por ser invierno, estaría prácticamente vacío durante mi estadía.

El chef resultó ser un gordito cuarentón, con pelo rubio rizado, simpático y risueño, que a todo me indicaba que si con su cabeza, aunque yo tenía la certeza que no entendía nada de lo que le decía. Ellos preguntaron qué me gustaba para desayunar y por contestar algo, respondí omelette. Los rusos tomaron nota. Luego preguntaron cuáles eran mis preferencias para almorzar y cenar. Entonces decidí actuar de forma diplomática y les dije que quería degustar la comida de la región. Lo mismo que comieran ellos. Los rusos sonrieron complacidos y anotaron. Un mes más tarde y ya de vuelta en las oficinas de las Naciones Unidas en Moscú, me enteré que había sido una respuesta muy acertada, porque en esos meses los rusos tenían grandes carencias de alimentos y así evité ponerles en un aprieto.

A la mañana siguiente me levanté bien temprano y dirigiéndome al comedor, ubicado en la planta baja, me preparé para disfrutar de mi desayuno. Entonces sentí por primera vez esa pesada sensación de soledad que produce el sentarse en una mesa de un salón enorme, que está totalmente vacío. Recién en ese momento me percaté lo que significaba ser el único huésped en aquel hotel con 500 habitaciones. Y así fue, durante prácticamente toda mi estadía. Solo tuve la compañía del coro del Ejército Ruso durante un fin de semana, cuando vinieron a actuar en el Palacio de los Deportes.

Aquella primera mañana me acomodé en mi silla y prontamente apareció el simpático chef con un plato en el cual rebosaba un omelette gigantesco. Yo sonreí y procuré ocultar mi asombro. Le di las gracias y comencé a degustar esa masa de huevos, temiendo el ataque al hígado que me iban a provocar. El amistoso chef hizo una reverencia y se retiró complacido. Yo comí un tercio de la porción y tuve que abandonar, totalmente atiborrado. Cuando volvió para retirar mi plato, haciendo un esfuerzo por no herir sus sentimientos, le pregunté cuántos huevos había preparado. El ruso dejó de sonreír y con cara de preocupación me hizo unas señas, intentando indagar si no me había gustado su omelette. Aquí comenzó un largo proceso de gesticulaciones y miradas que demostraban su disgusto, hasta que por fin señalé la cocina y hacia allí nos fuimos los dos. Una vez dentro de la misma y ante la atenta mirada de las ayudantes de cocina, me dirigí al lugar donde guardaban los huevos y no sin cierta dificultad, le pregunté cuántos había utilizado. Él me respondió, apuntando uno a uno, hasta llegar a la suma de nueve. Entonces, con mi sonrisa más comprensiva, le expliqué que para mí dos o tres eran suficientes. Y que su omelette era el más exquisito que había comido en mi vida. Creo que se lo creyó porque me abrazó efusivamente y nos hicimos amigos.

A partir de ese momento, él se asignó el trabajo de servirme personalmente y no permitía que ninguna de las camareras me atendiera. Lo cual implicaba que yo debía hacer grandes gestos de aprobación cada vez que terminaba un plato. El menú estaba escrito en alfabeto cirílico, así que cada noche me encomendaba a mi buena fortuna y señalaba con el dedo algo en la carta, deseando que fuera diferente de lo que había probado el día anterior. No siempre tuve suerte y jamás comí tantos goulashes, sopas de repollo, nabos, papas hervidas o strogonoffs con arroz en mi vida. Algunos platos de sopa tenían ingredientes flotantes que nunca fui capaz de identificar, pero hacía mucho frío y el hambre superaba cualquier remilgo. De postre, manzanas, algunos días mandarinas y más manzanas. Indudablemente, la gastronomía no era un punto destacable de aquella región.

Durante el día, almorzaba en los diferentes establecimientos que visitaba y los menús ofrecían alguna pequeña variedad, pero para la cena siempre era lo mismo. Y de postre, manzanas. Era el final de la era Yeltsin y Rusia estaba en un estado calamitoso. Así comprendí que nos esperaba una tarea titánica si queríamos modernizar la industria turística en Sochi y hacerla competitiva para ganar la candidatura olímpica. Se necesitaba un cambio radical de actitud y una enorme inyección de capital. Más tarde, con la ascensión de Putin y su equipo, se logró dicho objetivo.

El mes pasó volando y personalmente resultó ser una experiencia extraordinaria, tanto a nivel profesional como humano. Recuerdo que cuando a fines de febrero llegó mi última noche en Sochi y me apresté a saborear mi cena de despedida, noté un movimiento extraño en la cocina. Ya me había acostumbrado a aquellas simpáticas matronas que me vigilaban con la puerta entreabierta y se sonreían viéndome comer sus platos típicos. Pero esta vez el bullicio era mayor y eso me intrigó. Finalmente apareció mi amigo el chef y con una sonrisa que le iba de oreja a oreja, me explicó con gestos y palabras sueltas lo que sucedía en la cocina. Para entonces ya entendía bastante lo que decían él y sus camareras, todas ellas señoras de mediana edad, robustas, de rostros rosados y mofletudos, siempre risueñas. Confieso que me encariñé con aquella gente sencilla y afectuosa, y creo que ellos conmigo también. Porque esa última noche tuvieron la gentileza de organizar una pequeña fiesta de despedida e invitarme con una botella de champagne ruso (lamentablemente tibio). En contrapartida, yo les pedí que me acompañaran en la mesa. Algo que les sorprendió muy positivamente y gustosos surgieron de la cocina con una bandeja llena de manzanas y un postre de crema que resultó ser bastante empalagoso. Allí comenzaron los brindis por la paz y la amistad de los pueblos, etc. etc. seguidos de abrazos, múltiples spasivas y besos, que se hacían cada vez más efusivos, especialmente por parte de una señorona vestida de rojo, que me acariciaba el pelo y me abrazaba cada vez más apasionadamente.

Entonces, en medio de aquel alboroto, el recepcionista de noche encendió un viejo juke-box que estaba ubicado en una esquina del salón y puso música bailable de los años 50. Acto seguido, el chef trajo más botellas de champagne de la bodega del hotel y me obligó a bailar con la cariñosa mamushka. Yo intentaba mantener la distancia pero ella resultó ser más fuerte y muy decidida me apretujó contra sus abultados senos. Así bailamos canción tras canción, mientras los demás reían y aplaudían. Admito que por un instante temí lo peor, pero primó la cordura y de esa forma terminamos la velada. Bebiendo, brindando, bailando y riendo hasta el amanecer, hermanados por nuestra soledad.

 

Roberto Bennett (Montevideo, 1948). Estudió comunicación de masas y marketing en la Universidad de California (1970-73). Trabajó en periódicos, radio y televisión en EUA. En 1973 gana una beca a un seminario de comunicaciones internacionales en Yugoslavia y posteriormente se establece en Palma de Mallorca. Allí publica su libro de cuentos Lo que arrastra el río y otras historias (1986). Luego publica dos libros sobre mamíferos marinos: Delfines y ballenas, los reyes del mar (1989), en coautoría con el doctor David C. Taylor, y Animales marinos (1990), ambos traducidos al inglés y al italiano. Se establece en Chicago, participando del Primer Encuentro de Escritores Latinoamericanos celebrado en esa ciudad, publicando cuentos en periódicos y revistas en castellano. En 1994 publica en Uruguay su segundo libro de cuentos El último verano. En 1996 se establece en Madrid y continúa colaborando con periódicos y revistas de España y América. A partir del año 2000, luego de 30 años de viajes por el mundo, vuelve a residir en Montevideo, donde escribe su primera novela, La brisa bajo mis alas, que fue elegida semifinalista en el Premio Internacional Territorio de la Mancha, patrocinado por el Instituto Iberoamericano de Cultura.

Este texto que publica Delicatessen.uy es inédito y fue cedido especialmente por el autor.