La erosión de los corales | Mariana Sosa Azapian

Tal vez no sea necesario recordar que cuando uno viaja, regresa distinto al punto de partida, sea el momento que sea de nuestras vidas. Viajes extensos y breves, la consciencia cambia en algún aspecto; tal vez la transformación es enorme, como me ha sucedido a mí al conocer este lugar que es considerado “el Caribe brasileño”.

Si bien la atracción fundamental parece el descanso en playas que son, sin lugar a dudas, pequeños paraísos terrestres, yo recomiendo ver más allá de la sombrilla y el bloqueador solar.

La metáfora de la arena blanca, producto de la erosión de corales y caracoles, que se aprecia en Arraial do Cabo y Cabo Frío (el primero como extensión territorial del otro, según lo que me explicó Talita Mara Rodrigues, nuestra guía), me sirve como trampolín para poder describir las distintas sensaciones que pude vivir en este viaje. “Paseo de playa”, le dicen, para diferenciarlo del “paseo a Rio de Janeiro”. Este texto pretende expresar mejor un paisaje inspirador y así evitar el utilitarismo turístico.

Arenas blancas, como la nieve; fina, suave. No se calienta, por el propio proceso erosivo ya mencionado. Una salvación natural, para los que residen allí, puesto que en verano las temperaturas pueden alcanzar los cuarenta y ocho grados. Mar que se desliza cristalino y se divisa inmenso, sin cesura con el cielo, si este está clarito. Azul clarito, como me tocó vivirlo a mí.

Sin lugar a dudas, este es un paraíso, es de nuestro planeta y tuve el placer de ver, de sentir, de observar. De comprender desde mis ojos y mi alma.

Por otro lado, un debe acudir el paraíso natural de las personas que también componen la fotografía; cuando preguntás qué significa tal palabra, cuál tal otra. Un portugués, ya lejano al de los siglos pasados, casi mezclado con el castellano, para que tú lo entiendas, sin mediar conflicto y con toda la cordialidad del mundo. Negros, blancos, latinos, europeos, argentinos, nosotros, los uruguayos. Todos juntos. Un remolino de seres vivientes en esta viviente tierra que es nuestra, el producto histórico que sea, pero nuestra. Coincidencias, novedades. Todo al servicio de tu cuerpo y mente en vibrante necesidad de observar.

Interesante comentario el de una pareja de argentinos en medio de la plaza de Cabo Frío: “Esto parece Colonia del Sacramento”. Me robaron el comentario; se lo robaron a mi marido también. O tal vez lo dijimos al unísono, pero nunca tuvimos la primicia. Los queridos hermanos fueron los ladrones inconscientes de nuestra misma comparación.

La arquitectura portuguesa del siglo XVII-XVIII era más que notoria: casas de techos bajos, puertas pequeñas, formando un arco. Adoquín, pierdas. Callejuelas en donde uno cruzaba “palabra” con plantas en flor, que caían morosamente desde el balcón de alguna vivienda. Sin querer-queriendo-divisé de reojo el interior de una de las casas: parecía que había viajado dos siglos atrás, al pasado. Las casas aún vivas, mostraban un mobiliario muy antiguo y se podía divisar los azulejos típicos.

Pero fue la vecina cruzando el charco que me ganó en pensamiento. Y es que, quien empieza a descubrir de apoco este mundo, sobre todo el mosaico latinoamericano, comienza a ver, o mejor a descubrir las semblanzas y semejanzas. Como si el tiempo hubiera confluido en un punto, todos erosionados cuidadosamente en las arenas blancas de los caracoles. Parecíamos los primeros descubridores que comparábamos espacios, plantas, aves, con la imagen previa, la presente y la proyección individual, en ese caos que se vuelve un cosmos diverso. Alterno. Confuso. Maravilloso.

No me queda más que decirles que cuando vayan a Búzios, hagan “el paseo de playa”, realicen el ejercicio de oler, escuchar, pensar, dónde estamos parados. Porque de todos lados tenemos parte; de todos lados, somos una hermosa mezcla. De todos lados, arena de los tiempos, paraíso de corales.

 

* Mariana Sosa Azapian, nacida en Montevideo, es profesora de literatura. Fotos de la autora.