Café crème | Roberto Bennett

A Sarah H.

Carla Bianchi se hospedaba en el pequeño hotel St. Louis, situado en la rue du Petit Musc, en pleno barrio parisino de Le Marais. No era un hotel lujoso, simplemente era un 2 estrellas sencillo, bien ubicado, limpio y confortable. Que cumplía con tres condiciones esenciales para una estudiante extranjera: ser bueno, bonito y barato. Ideal para una estadía corta en la Ciudad Luz. A ella se lo había recomendado su profesora de gimnasia en el club Juventus y ahora realmente creía que había acertado con la elección. En realidad no estaba allí como turista. Su plan era otro muy diferente, pero algo inesperado se lo había truncado.

Sentada en una mesa del cafetín Le Temps des Cerises, a escasos cien metros de su hotel, ella por fin comenzó a comprender que su situación era complicada, casi desesperada. Habían pasado ya las primeras noches de llantos, ruegos y reproches, cuando su prometido Augusto Soler le había comunicado que no estaba enamorado de ella. Que había conocido a una estudiante sueca, de nombre Agnetta y que ahora vivían juntos en un pequeño apartamento del Barrio Latino. Seguramente en un pisito similar al que Carla había soñado. Adonde creyó que construiría su nido de amor junto a su primer y único novio.

Carla tenía una hermana menor, que estudiaba veterinaria, pero lejos de gozar de una buena relación con ella, los roces provocados por los celos de la pequeña Ana, eran bastante frecuentes. Las hermanas se irritaban y se necesitaban. Se querían, se adoraban, se odiaban, se buscaban, no se soportaban… La dualidad de sentimientos de esas dos bellas jovencitas era muy patente. Tan solo el buen talante de Carla logró que la convivencia entre ellas fuera relativamente llevadera. Pero cuando la situación familiar se convertía en algo insostenible, entonces Carla dejaba volar su imaginación…

Ese ático había sido su sueño desde la adolescencia, cuando compartían con Augusto clases y fantasías europeas en el Lycée Français de Montevideo. Continuó soñando en facultad y luego cuando él consiguió una beca para estudiar un postgrado en París, ella le estimuló y hasta lloró menos de lo esperado durante su partida, al pensar que pronto se reunirían en una buhardilla situada en el margen izquierdo del Sena. Allí vivirían felices su bohemia, yendo al teatro y a los museos, paseando, estudiando y amándose con pasión desenfrenada, lejos de los ojos controladores de su madre. Aún a sabiendas que para la Sra. de Bianchi, ellos estaban cometiendo un pecado que rozaba la lujuria. En cambio, el padre de Carla era mucho más comprensivo con la joven pareja.

Todo lo opuesto a la mamá, que era una señora muy conservadora, severa y de profunda fe religiosa. Para ella, era esencial que sus hijas se convirtiesen en damas distinguidas, que brillasen en sociedad y que consiguiesen un buen marido, un profesional con prestigio, para formar una familia decente y disfrutar de una posición acomodada. Por ello, la Sra. María Auxiliadora Gómez de Bianchi insistió en que las muchachas aprendiesen a tocar el piano, equitación y ballet. Carla odiaba las clases de piano. Hasta cierto punto comprensible, cuando alguien es obligado en su infancia a aprender un arte por la fuerza. Aquellas horas frente al teclado eran una verdadera tortura para la niña. Sólo con el paso del tiempo, la jovencita llegó a apreciar la música, arte que, en sus primeros años, no despertaba en ella ningún tipo de entusiasmo. Y lo hizo gracias a las enseñanzas de su padre, cuyas charlas educativas eran mucho más divertidas debido a su talante jovial. Había sido él quien le había enseñado a emocionarse con la belleza y emotividad expresada en las letras de Georges Brassens, Jacques Brel y Charles Aznavour.

Además, él le daba a leer novelas clásicas y luego las comentaban juntos, encerrados en el estudio. Ana en cambio, siempre había sido más apegada a su madre y sacó provecho de aquellas clases impuestas, convirtiéndose en una apasionada de la danza.

Carla estaba convencida que el futuro de su vida en pareja estaba en Francia. De ahí la importancia y necesidad de poner distancia, un océano por ejemplo, entre esa madre dominante y los jóvenes amantes. En innumerables ocasiones se había imaginado entrando en un altillo, que a lo sumo consistía en una habitación de unos veinte metros cuadrados, con un techo que bajaba inclinado desde la pared principal y llegaba hasta una única ventana que daba a una callecita angosta y empedrada. En el inventario de aquel minúsculo ático imaginario había una cama doble con cabezal de bronce, cuatro sillas de madera, una mesa adonde presidían solemnes un florero, una botella de vino y dos vasos. Y en una esquina una coqueta kitchenette, una estufa eléctrica a los pies de la cama y libros amontonados contra la pared o sobre estantes que se usaban como una improvisada biblioteca. Carla lo tenía todo visionado y calculado.

Pero ahora, eso tan maravilloso e idílico parecía derrumbarse. Su viejo sueño se tornaba una pesadilla, mientras observaba pasar a las parejas que caminaban por la acera, abrazados o de la mano, sonrientes y aparentemente felices. Carla estaba sola y sin saber qué pasos dar. No quería sentirse sola. Le aterraba sentirse sola, porque en soledad se sentía más vulnerable. ¿Pero qué hacer con su futuro? Había gastado sus ahorros en la compra del pasaje aéreo, quemando sus naves y partiendo desde un lejano Uruguay con la idea firme de establecerse en Francia junto a su Augusto, para estudiar y disfrutar de la libertad, pese de las reticencias de su familia. Él desde un principio la había apoyado e incentivado, alimentando sus ilusiones. En las posteriores llamadas por skype se le veía feliz y esperanzado ante la perspectiva de vivir en pareja. Sin embargo, Carla ahora descubría que todo había sido un engaño. Nomás llegar a la Sorbonne él había conocido a Agnetta y a los pocos meses se habían mudado juntos. Quizá Augusto nunca pensó que ella vendría tan pronto, o tal vez no creyó que podría enamorarse tan rápidamente de la sueca. Lo cierto es que ahora Carla estorbaba, era la tercera en discordia y él se lo había hecho sentir así. Recriminándole por haberse venido tan de repente y casi sin consultarle. Pero ella había querido darle una gran sorpresa. Esa había sido su única intención.

Todas las veces que habían hablado de su futuro reencuentro, Augusto había estado de acuerdo o al menos así se lo indicaba. Pero nunca habían fijado una fecha definitiva. Según ella, en los ocho meses transcurridos desde su partida, él había cambiado. Ahora casi no lo reconocía cuando le reprochaba su venida y le gritaba, con ojos saltones por la excitación. A Carla no le gustaban los gritos y prefería llorar antes que insultar.

Hoy, tras la última discusión mantenida en los jardines de Luxemburgo, frente al estanque adonde observaban a los niños que hacían navegar sus veleritos, la ruptura fue definitiva. Y ni la majestuosidad de Notre Dame en la distancia, ni la belleza de un bateau mouche surcando las aguas río arriba, lograban ahuyentar esa dolorosa sensación de hostilidad que ahora sentía por aquella ciudad que había sido su meta soñada.

Finalmente, Carla se despidió y volvió a su hotel, bajo un cielo frío azulado, pálido pero con suaves trazos de tonalidad rosa. Caminó con paso lento y cansino, compungida y con el rostro bañado en lágrimas, buscando un refugio de paz en la ribera opuesta del Sena. Ahora Carla se sentía insegura pero lúcida, melancólica, deprimida y celosa. Ya no era la muchacha alegre y optimista, despreocupada y soñadora que había salido de Montevideo hacía apenas unos días.

Cruzó por el puente de Sully y agotada se sentó en una mesa del cafetín al cual se había acostumbrado a frecuentar cada mañana, para degustar un humeante café crème. Le atendió un joven morocho de ojos claros, tez muy blanca y cabello negro azabache, que dijo llamarse Fabrice y ser de Niza. Si no hubiera sido por su estado de angustia, quizá le hubiese sonreído y hasta iniciado una conversación. Él fue el único que se apercibió de su llanto y preguntó si sucedía algo grave. Ella respondió que no y le dio las gracias por su atención. Quiso sonreír pero no pudo. Hubiera deseado sincerarse y contarle que ella había llegado a París como quien regresa a su hogar luego de una larga ausencia. Con grandes expectativas y emocionantes planes de futuro. Decidida a instalarse en la ciudad que era su añorado destino final. Y el inicio de una maravillosa aventura sentimental en Europa. Pero optó por el silencio. Carla detestaba ser el centro de atención, pero también lo necesitaba. Una de esas contradicciones que los humanos se plantean y que a ella la atormentaba. Una timidez agobiante y a la vez una tristeza deseosa de estallar.

Cuando era pequeña había sido una niña más bien gordita y a pesar de que su cuerpo había cambiado, transformándose hasta adquirir su delicada delgadez actual, el mero recuerdo de su anterior aspecto la acomplejaba. Y ni el éxito posterior con los muchachos del liceo ni la aceptación popular en facultad le ayudaban a superarlo. Carla se alisó su melena rubia y lacia, que casi le cubría los hombros y entornó sus ojos. El camarero se retiró hacia el interior del local y ella volvió a elevar su vista para contemplar los tejados de pizarra y las típicas buhardillas, que ya no serían su idealizado hogar. No deseaba hablar con nadie. Solo pensar y analizar su situación, para buscar una salida digna a su atolladero. Se arrepintió de no haber ido a clases de yoga con su hermana, porque quizá ahora sabría controlar mejor su estado de ánimo.

En París no conocía a nadie y la única dirección que guardaba de alguien conocido en Francia, para casos de extrema emergencia, era la de una compañera del liceo que vivía en Caen, pero como la muchacha nunca le había caído muy simpática, la desechó de inmediato. Consideró otras opciones, que también descartó rápidamente por considerarlas tremendistas o alocadas y finalmente optó por llamar a una prima que vivía en Barcelona. Para explicarle su delicada situación y solicitar alojamiento por un tiempo, hasta que pudiese encontrar trabajo e independizarse. Era una prima lejana, con quien no se comunicaba casi nunca, pero estaba en una situación límite y en estas circunstancias se recurre a la familia. No deseaba pedir ayuda paterna ni retornar al Uruguay para confesar su estrepitoso fracaso y sabía que debía partir lo antes posible de París. La ciudad de sus sueños la rechazaba, igual que había hecho Augusto.

La discusión final entre ellos había sido muy desagradable y confusa, de tal forma que Carla había acabado disculpándose y consolando a su amado Augusto por el conflicto creado, en vez de ser ella, la verdadera víctima, la que recibiese explicaciones ante la inesperada traición. Carla era la única que necesitaba consuelo y sin embargo él había logrado, en una hábil maniobra dialéctica, dar vuelta la situación. Ahora se sentía sola y abrumada por los acontecimientos, pero no deseaba ni podía odiarle. Tampoco culparle por la debacle que había provocado en su vida. Debía rehacer sus planes y salir cuanto antes de París, para instalarse en Barcelona y así dar vuelta la hoja. Su prima la entendería, ella también se había ido de su hogar en Salto para ser libre, luego de un noviazgo frustrado y un embarazo no deseado.

Estaba decidida, la llamaría esa misma tarde. Sus ahorros le alcanzaban justo para una noche más de hotel y un pasaje a España en tren de segunda clase. Se sentía compungida y atemorizada ante la perspectiva de un nuevo salto al vacío, por el riesgo que implicaba otro viaje a lo desconocido, con toda la carga de desarraigo que ello conlleva. Estaba agotando sus últimas reservas monetarias y sin embargo ese viaje era inevitable, no veía otra salida. Deseaba gritar, blasfemar, patalear, aullar su rabia y desesperación, pero no pudo emitir sonido alguno. No era su estilo. Debía reprimir y ocultar su dolorosa frustración de forma modosa. Sonreír si le era posible. Eso era lo correcto, ante el fin de su ensoñación parisina. Y entonces muy discretamente, como solo hacen las señoritas bien educadas y de familia decente, volvió a llorar en silencio, hacia dentro, de manera desconsolada pero sin escándalo, tal cual le había enseñado su señora madre.

 

Roberto Bennett, montevideano. Estudia Comunicación de Masas y Marketing en la Universidad de California. Viajero incansable, ha trabajado en periódicos, radios y televisión. En 1986 publica en Mallorca una recopilación de relatos titulada Lo Que Arrastra el Río y Otras Historias (Editorial Soler). Ha escrito dos libros sobre mamíferos marinos: Delfines y Ballenas, los Reyes del Mar (1989) y Animales Marinos (1990), en co-autoría con el Dr. David Taylor, ambos traducidos al inglés e italiano. Posteriormente vive tres años en Chicago. En 1994 publica en Uruguay su segundo libro de cuentos El Último Verano (Editorial Graffiti). En 1996 se establece en Madrid y continúa colaborando con periódicos y revistas de España y América. A partir del año 2000 vuelve a residir en Montevideo. En el 2006 gana con Chau Ginebra el primer premio del concurso organizado por la Asociación Mexicana de Autobiografía y Biografía (Ediciones El Chopo). En el año 2008 publica en Uruguay su libro Destino Mallorca (Ediciones Orbe) y en 2011 le sigue su tercer libro de cuentos titulado Memorias Fugaces (Ediciones de la Plaza). En noviembre 2013 publica su primera novela: Tiempos de Tormenta – Los Sonidos de Berkeley (Ediciones de la Plaza). En el 2016, Ediciones Áltera (España) publica su segunda novela: Al Final del Camino.