Gerda | Carlos Reherman

Todo vestigio de temor o de dudas había desaparecido de sus ojos. Su transformación era impresionante. ¿Qué hormonas le rearmaban el esqueleto, la llevaban a tensar el cuerpo hasta convertirlo en un grito nupcial? Todo lo que la había hecho vieja hasta entonces, la piel caída, las arrugas, la torsión de los dedos, al grosor de los brazos, desaparecía ahora, o mejor: se tornaba exactamente deseable, insoportablemente lejano del otro lado de la mesita cubierta de platos vaciados.