Saudades y nostalgias, fados y tangos | Alva Sueiras

A poco de cumplir cinco años en Uruguay, recuerdo con nitidez las impresiones novicias de los primeros meses. Un país nuevo, distinto, por momentos sorprendente. Sin embargo y de algún modo, familiar. Había un hilo acostumbrado, un deje, un tempo. Una suerte de pulso natural con rumor de aguas bebidas. El tiempo me llevó a unir el hilo a su madeja cautivando el parentesco. Uruguay es a Latinoamérica lo que Portugal es a Europa, el epicentro de una nostalgia atávica e inexorable.

El escritor portugués Manuel de Melo (1608-1666) definió la saudade como el «bem que se padece e mal de que se gosta» (bien que se padece y mal que se disfruta). Una suerte de melancolía permanente a la que un país se abraza con candidez amniótica y sabor amargo. Lo vemos en los fados y lo vemos en los tangos. Cantes jondos y profundos, desgarrados y demoledores. Amores truncados, tierras lejanas, un pasado anhelado.

Escribía Pessoa que “El fado, sin embargo, no es alegre ni triste. Es un episodio de intervalo. Lo formó el alma portuguesa cuando no existía y deseaba todo sin tener fuerza para desearlo.” Se dice que el fado, de “fatum” (destino), es la aceptación quieta del sino, ausente de lucha ante aquello que no podemos cambiar. El alma arrabalera hecha música en los ámbitos humildes de Lisboa. Un canto íntimo y melancólico que nace en la cicatriz.

Y en ese tono de añoranza, las hermosas voces del fado nos regalan versos atribulados como aquel “O mar fala de ti” vocalizado por la sugerente Mafalda Arnauth: “Eu sei que o mar mão me escolheu. Eu sei que o mar fala de ti, mas ele sabe que fui eu. que te levei ao mar quando te vi. Eu sei que o mar mão me escolheu. eu sei que o mar fala de ti. Mas ele sabe que fui eu. quem dele se perdeu. assim que te perdi”. (Yo sé que el mar no me escogió, yo sé que el mar habla de ti, pero él sabe que fui yo, quien te llevó al mar cuando te vi. Yo sé que el mar no me escogió, yo sé que el mar habla de ti, pero él sabe que fui yo, quien de él se perdió, así como te perdí).

La poeta y periodista argentina, Carolina Zamudio escribió que el tango es “la poesía de la nostalgia”. “Un pensamiento triste que se baila”, según el compositor argentino Enrique Santos Discépolo. Jorge Luis Borges en su poema “El tango” lo describió como “Esa ráfaga, el tango, esa diablura / los atareados años desafía; / Hecho de polvo y tiempo, el hombre dura / menos que la liviana melodía, / que sólo es tiempo. El tango crea un turbio / pasado irreal que de algún modo es cierto, / el recuerdo imposible de haber muerto / peleando, en una esquina del suburbio”.

Los tangos, de tradicional gestación arrabalera. El inevitable paso del tiempo y su efecto desgarrador, la amarga tristeza, el deseo y ese característico desengaño despechado con verbo de veneno. Culminaba magistralmente Gardel «Cuesta Abajo», aquel tango con letra de Alfredo Le Pera: «Era, para mi la vida entera / Como un sol de primavera / Mi esperanza y pasión / Sabía que en el mundo no cabía / Toda la humilde alegra de mi pobre corazón / Ahora cuesta abajo en mi rodada / Las ilusiones pasadas / Ya no las puedo arrancar / Sueño, con el pasado que añoro / El tiempo viejo que hoy lloro / Y que nunca volverá».

Uruguayos y portugueses, de rostro lavado, sin artificio. El tono pausado, la cadencia sencilla. Como una playa solitaria con el rumor breve de unas olas diminutas rompiendo en la orilla. El murmullo de un canto desconsolado, a lo lejos. Un barco varado sin presente ni futuro. El canto a lo que fue y ya no será. Saudades y nostalgias, tangos y fados.