Sushi Manolas | Jaime Clara

El Museo Blanes debe ser uno de los lugares más bellos de Montevideo. Como tal, data de la época del Centenario (1930) y honra con su nombre al llamado «pintor de la patria», fundador de gran parte de la iconografía inaugural de Uruguay como nación.

El edificio y su bello entorno, ubicado corazón del Prado, sobre la Av. Millán, fue declarado monumento nacional desde 1975, por lo que las intervenciones deben ser muy cuidadas. El cónsul italiano en Uruguay, Juan Bautista Raffo le encargó la construcción de la villa al Ing. Juan Capurro en 1870. La construcción es de un contundente estilo renacentista, tanto en el edificio como en las posteriores reformas realizadas a comienzos del siglo XX Hay allí una «búsqueda de armonía, belleza, el uso de las artes plásticas, la ubicación del edificio acorde al entorno y en una completa simbiosis con éste, la utilización de elementos clásicos como las columnas jónicas, en un juego compositivo distinto, la simetría y la estructura tripartita.» En 1872 la villa fue adquirida por Clara García de Zúñiga, madre del escritor Roberto de las Carreras, y dice la leyenda, que el fantasma de la mujer pasea por el lugar.

Ante tanta belleza arquitectónica, un admirable jardín francés y una rica historia montevideana, llama la atención que, como una patada en el hígado al armónico entorno, el entonces intendente de Montevideo, Mariano Arana, hubiera autorizado la creación de un jardín japonés. Justo Arana, adalid de la defensa de la identidad de la ciudad; esa ciudad que Arana definió como «sin memoria», en un recordado audiovisual de la década del 80, del Centro de Estudios Urbanos.

El Jardín Japonés de Montevideo se inauguró el 24 de setiembre de 2001, como parte de los festejos del 80° aniversario de las relaciones diplomáticas entre orientales. Su extensión ocupa 3000 m² tomados al parque del Blanes. Si bien la Embajada japonesa es la que se encarga del mantenimiento de su parque, la ciudad de Montevideo jamás recibió ni recibía una contraparte por la cesión del área. La gestión de la directora del Museo, Cristina Bausero, con la buena voluntad de nuevas autoridades lograran un aporte de Japón, técnico, humano y económico, que la ciudad era imposible que asumiera.

Las Manolas es una de las pinturas más importantes de la obra de Pedro Blanes Viale (1879-1926). El estado del cuadro, que dataría de la primera década del siglo XX, estaba en un estado muy precario. Bausero pensó que Japón podría hacer un aporte en la restauración de la emblemática obra, por lo que finalmente las gestiones dieron un buen resultado en el pasado mes de marzo.

Cuatro prestigiosos restauradores japoneses llegaron a Montevideo, en estricto silencio impuesto como condición, junto a una impresionante capacidad de trabajo, se hicieron cargo de volver a darle vida a Las Manolas, una pintura de 2,10 metros de ancho por 2,30 de largo. Los técnicos fueron Takayasu Kijima (catedrático en restauración en óleo de la Universidad Nacional de Bellas Artes y Música de Tokio), Yuko Tsuchiya (coordinadora general de restauración del Museo Nacional de Tokio), Mamiko Yasuda (aspirante a doctora en conservación y restauración de la Universidad de Bellas Artes de Tokio) y Terumi Nonaka (supervisora de la oficina de tecnología de conservación del Museo Nacional de Tokio).

Fue un trabajo de cirugía fina por parte de los restauradores nipones, que en siete días lograron que la emblemática pintura de Blanes Viale no feneciera.

Hay que reconocer el esfuerzo y el logro de la directora del Blanes -con el consentimiento diplomático nipón- que permitió que Japón pudiera comenzar a retribuir en algo lo que la ciudad le cedió a fórceps.