Murmullo | Carolina Bello

Un día desperté con el pelo enredado en una maraña rosada y esponjosa. Era rico mi pelo. Azucarado. Punto a favor a la hora de conquistas. Crecí en la trastienda de un puestito de algodón de azúcar. Todavía escucho la máquina. Mi madre nunca me develó el secreto, pero sus copos eran los más grandes y la competencia se había fugado lejos, por lo menos a la siguiente cuadra. Nuestro puesto tenía el privilegio de estar a un paso de la rueda gigante. Uno de los pocos juegos que admiten la posibilidad de hundir la cara en el algodón y sentir, a la vez, el enclenque vértigo de la ciudad vista desde arriba y desde abajo una y otra vez.

Por entonces, los niños hacían largas colas para obtener aquella mole rosada y prometedora. Nunca faltaban aquellos que apenas si llegaban al mostrador. Deslizaban sus pequeños dedos contra el filo de la mesada como astutos animales de caza que rodean a una presa indefensa.

Desde mi punto de mira detrás de la cortina, experimentaba un secreto placer al escudriñar cómo los más ansiosos lloraban sin consuelo al ver su objeto de deseo desparramado en las baldosas luego de una eventual torpeza infantil. Mi madre ya tenía previstos ese tipo de sucesos en el presupuesto semanal, por lo que tenía preparados copos de emergencia para los afligidos niños de ocasión.

Por supuesto delicadeza semejante iba por su cuenta. No había lugar en casa que no estuviese cubierto por una fina y edulcorada capa blanca. Porque el algodón no queda por entero en el palito, y lo que vuela, esto está dicho, a algún sitio tiene que ir a parar. Manos pegajosas. Así recuerdo mi infancia. Amigos que se desesperaban por meriendas sin lugares comunes. Un día la máquina se rompió. La vi a mi madre tratando de arreglarla con la mitad de su cuerpo dentro del artefacto. No había solución, la vieja máquina se había cansado de su dulce espiral, tal vez como se cansan el resto de las cosas de este mundo.

Vuelvo a la cuidad. Le digo al taxista que se detenga frente al parque. Vidrios rotos, los recuerdos se hacen presentes a pedradas. La rueda gigante permanece erguida como un monumento destartalado que sobrevive sin modestia. Oxidada y sin brillo igual me gusta. No escucho el antiguo murmullo de risas. No hay remolinos de maíz en la cabina de vidrio ni manzanas acarameladas contiguas al trasbordador espacial.

Camino algunos pasos. Ahí, a pasos de la rueda gigante, el puestito de mi madre tiene un cartel que dice “cerrado”. Me acuerdo cuando lo colgó. Me acuerdo de las despedidas. Volví a subir al taxi y al arrancar una piedra rompió la ventanilla. Azúcar en el pelo. Pensé en eso mientras me alejé.

 

Carolina Bello (Montevideo, 1983) Es técnica en Comunicación Social, con un posgrado en Crítica de Arte. Además, finalizó los estudios en la licenciatura en Letras. Es autora de los libros Saturnino y Escrito en la ventanilla, así como del blog homónimo al segundo. Como periodista, fue corresponsal en el programa español La isla de encanta y ha colaborado en publicaciones como Deltoya, Zona Freak, 33 cines, Ya te conté y El Boulevard. En 2016 su cuento «Un trámite» fue incluido en Antología de narrativa joven uruguaya, publicado en Cuba, y sus relatos «Spider» y «Un monstruo con la voz rota» fueron editados en la revista cubana Casa.Actualmente escribe en su blog Por la noche callada, colabora con el periódico la diaria y es columnista en la revista de periodismo narrativo Quiroga. En 2016 ganó el Premio Gutenberg, convocado por la Representación de la Unión Europea en Montevideo y la editorial Fin de siglo. Este relato pertenece al libro Escrito en la ventanilla (Irrupciones Grupo Editor, 2011), cedido especialmente por la autora para Delicatessen.uy.

Fotos: Facebook C.Bello y Pinterest de Hannah Kerr