Montevideo, cédula de identidad | Jaime Clara

El maestro de periodistas, Homero Alsina Thevenet (1922-2005), solía repetir a quienes, temerosos, nos acercábamos para escribir en el Cultural de El País o para, al menos, aprender de su oficio de más de cincuenta años, que a la hora de redactar, tengamos en cuenta la máxima una línea un dato, un párrafo una idea. A esta práctica se llega con mucho trabajo, pasión por el periodismo, profusa investigación e innumerables lecturas. Los textos escritos por Alsina no mueren por el paso del tiempo, justamente, porque en cada línea informa. Siempre se aprende cuando se leen sus textos. Escribir de esa manera, con naturalidad y en forma atractiva para el lector, está reservado para pocos.

Para poder reflejar por escrito las sensaciones y los sentimientos que provoca el recorrido por una ciudad o por sus calles, hay que conocerla profundamente. Hay que pasearla, estar con los cinco sentidos alerta para poder transmitir fielmente lo que ese recorrido genera en el caminante. Es inevitable que recuerde a otros dos periodistas que hicieron de sus miradas urbanas, clásicos de la narrativa uruguaya como Hugo Alfaro (1917-1996) y su calle Mercedes y Ramón Mérica (¿?-2010) con sus crónicas en la columna bautizada Veredas.

Estas son las primeras reflexiones que me surgieron al tener contacto con los textos que forman parte de un formidable libro, cuyo título es tan breve como contundente: Rambla. Esos breves relatos arman la historia del símbolo de identidad de Montevideo, del verdadero carnet de identidad de la ciudad, como es la rambla. Ese larguísimo borde que une o limita, el mar de la urbanización, es una marca para una contradictoria capital, que por momentos y lugares sueña con aires de grandeza, y por otros, ve como el tiempo y alguna gente, implacables, todo lo destruyen o lo maltratan. Sin embargo, la rambla está allí, señorial, ilustre y noble, para el disfrute de los aldeanos y quienes no lo son.

El periodista Marcello Figueredo (1966) es montevideano hasta la médula. Quiere y admira a la ciudad en la que nació tanto como la critica, y la critica por que la quiere. La conoce profundamente y tiene la autoridad suficiente para describirla con justicia. Hacer libro sobre la rambla era todo un desafío, porque la rambla de Montevideo no es un lugar, no es un punto concreto en el mapa, sino que la rambla son muchos lugares, son muchas ramblas, son muchas historias, y son más presentes todavía. No alcanzaba sólo con recorrerla y conocerla, sino que había que llegar al corazón de este largo paseo que tiene algo menos de una veintena de nombres, y veintidós kilómetros de largo.

Son más de trescientas páginas donde a través de textos muy breves, Figueredo cuenta la historia de la/las rambla/s, sus edificios emblemáticos, sus costumbres, la gente que las paseó, las transitó, con sus risas y con sus llantos. En Rambla están desde el Parque Rodó hasta el Molino de Pérez, desde los graffitis que ensucian el muro allá, por donde termina Malvín, hasta el Teatro de Verano. Por supuesto, sin olvidar el esqueleto del viejo gasómetro de la Rambla Sur o los puestitos de pescadores, por nombrar solo algunos lugares. Rambla trata de mencionar todo lo que en toda su extensión pasa, desde los baños en el «río marrón», como lo define una canción, hasta los que la corren, la pasean, la caminan o bicicletean, solos, acompañados por personas o mascotas.

«Parece mentira que haya sido diseñada hace casi un siglo. Hoy como ayer, la rambla Sur sigue seduciendo gracias a su estética moderna y vanguardista, sus formas abstractas , sus líneas puras, sus proporciones armónicas, su falta de ornamentación (pudo haber tenido barandas pero no las tuvo, sus materiales nobles y su construcción ejemplar.»

La rambla es paseo y es orgullo de los montevideanos. Es lugar para celebrar, trasnochar y hasta para improvisar besódromos. Para quienes no somos de estos lares, se trata de un lugar, casi exótico a descubrir. Uno siente que nunca termina por conocerla del todo.

Además de los textos justos, perfectos, de Figueredo, están las fotografías que permiten ver todo lo que se cuenta por escrito. Las inquietas miradas de Diego Velazco (1967) y Santiago Epstein (1968) descubren lugares vistos y no vistos, visitados y revisitados, pero desde una perspectiva única. Muestran la gente y fauna que cada día tienen en tanta extensión, su punto de encuentro. También hay historias en imágenes. Una formidable galería de fotos históricas avalan todo lo que se cuenta.

En una inusual edición para el mercado uruguayo, este libro es una invitación al paseo, es una mano extendida nos dice ¡vamos ya! que la rambla y sus mil historias nos esperan.

RAMBLA
Textos de Marcello Figueredo
Fotografías de Diego Velazco y Santiago Epstein
Aguaclara editorial
Edición bilingüe español – inglés
Montevideo, 2016
352 págs.